Habían pasado dos años terrestres desde la caída de la Esfera de Diamante. Dos años en los que el nombre de Julian Vance había dejado de ser un susurro de terror para convertirse en una ley galáctica. Argentia Magna ya no era solo un mundo; era una Fortaleza Estelar. Anillos de estaciones de combate, construidas con la amalgama de plata y cristal negro, rodeaban el planeta, creando un horizonte artificial de luces violetas que nunca se apagaban.
Julian Vance caminaba por los pasillos del nuevo