El trono de obsidiana de Julian Vance ya no era un asiento; era una extensión de su sistema nervioso. Los filamentos de cristal negro que brotaban de su espalda se hundían en los muros de la Ciudadela, convirtiendo al Rey en el procesador central de un mundo que se negaba a morir. Su ojo izquierdo, ahora un pozo de geometría infinita, proyectaba mapas estelares en el aire gélido de la sala, mientras su mano de carne, cada vez más pálida, se aferraba al reposabrazos con una fuerza que hacía cruj