Capítulo 126El día amaneció con una claridad que parecía sacada de un sueño, una luz tan pura que lograba limpiar, incluso visualmente, cada rincón de la mansión. No había rastro de nubes en el horizonte; el mar, que tantas veces había observado la tensión y el miedo de sus ocupantes, ahora se extendía como una alfombra de seda azul, sereno y cómplice de la celebración.Para Miguel y Sofía, el despertar fue distinto. Por primera vez en años, el amanecer no trajo consigo el instinto de alerta que solían tener. Se despertaron con el sonido de las olas y el canto de las aves, un sonido que antes les resultaba ajeno y que ahora, por fin, les pertenecía.La mansión, durante las horas previas, se había transformado en un jardín vivo. El equipo de jardinería había trabajado sin descanso durante dos días, transformando el área del acantilado en un altar improvisado bajo la sombra de unos sauces centenarios. Las flores, cientas de ellas, de todos los tonos de blanco, crema y lavanda, adornab
Leer más