La noche después de la cena de caridad fue una vigilia interminable. Dante, preocupado por su repentina "enfermedad", había insistido en dormir abrazado a ella, con una mano protectora descansando sobre su vientre.Para Layla, ese contacto, que días antes le hubiera parecido el refugio más seguro del mundo, ahora se sentía como el peso de una sentencia. Cada vez que la mano grande y cálida de Dante se movía ligeramente sobre su estómago, Layla contenía la respiración, aterrorizada de que él pudiera sentir el secreto que crecía allí dentro a través de la piel, como si tuviera un radar para la verdad.No durmió. Pasó las horas mirando la oscuridad del techo, haciendo cálculos mentales que siempre terminaban en el mismo resultado aterrador.Cuando el sol del amanecer pintó la habitación de gris, Layla fingió seguir dormida hasta que Dante se levantó. Lo escuchó ducharse, vestirse y, finalmente, acercarse a la cama. Sintió un beso suave en la frente.—Sé que estás despierta —susurró él—.
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