El trayecto de regreso a la Villa Lombardi fue un borrón de velocidad y silencio sepulcral. Dante conducía como un hombre poseído, con los nudillos blancos sobre el volante de cuero y la mandíbula tan apretada que Layla temió que sus dientes se rompieran.
Layla iba en el asiento del copiloto, abrazándose a sí misma, todavía con el saco de Dante sobre los hombros. El olor a su colonia, mezclado con el olor metálico y cobrizo de la sangre que manchaba la tela, le revolvía el estómago y, al mismo