El eco de la puerta al cerrarse aún vibraba en las paredes de la suite principal, pero para Layla, sonó como la tapa de un ataúd sellándose sobre su vida.Se quedó de rodillas en la alfombra, con la respiración entrecortada y la vista nublada por las lágrimas. A centímetros de sus pies descalzos yacía la nota de Liam, arrugada y sucia de tierra, junto al sonajero de plata abollado.Hacía apenas unas horas, en esta misma habitación, ella y Dante habían estado riendo. Él tenía pintura gris en el pómulo. La había besado con una ternura que le había curado todas las heridas del alma. Habían elegido un nombre. Leo.Y ahora, todo eso se había convertido en cenizas, arrasado por un incendio que ella misma había alimentado con su silencio.«Me mudo al ala este. Definitivamente», había dicho él.Layla se abrazó a sí misma, sintiendo un frío repentino y profundo que le calaba hasta los huesos. Pero entonces, la parálisis del pánico dio paso a algo más. Una negativa rotunda, nacida de la pura de
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