Capítulo 47. Desvanecimiento.
—¡Lidia, vuelve aquí! —gritó Alexander, dando dos zancadas largas detrás de ella.—¡No me sigas si no quieres que te meta una bala! —le advirtió ella sin detener el paso, cruzando el umbral de seguridad que daba hacia los jardines traseros de la propiedad.A dos metros de la mesa de acero, Mariana observaba la retirada de su hermana.Intentó dar un paso para seguirla. Movió su pierna izquierda con firmeza, pero al intentar apoyar el peso en su pierna derecha, el dolor de los clavos de titanio estalló. Sintiéndose como si le estuvieran perforando el empeine con un taladro al rojo vivo.Soltó un jadeo corto. Se aferró al borde de la mesa de acero con la mano izquierda. Su mano derecha seguía enguantada, fría.De pronto, el entorno cambió.La luz del sol que iluminaba el patio exterior se volvió borrosa. Las paredes de concreto del polígono empezaron a girar en círculos lentos, densos. Un pitido agudo, ensordecedor, se instaló directamente en el centro de sus oídos, anulando el ruido del
Leer más