Capítulo 42. ¡No voy a cerrar los malditos ojos!
La sangre goteaba sobre el cuero negro del asiento trasero.
El olor a cobre y sudor frío inundó la cabina de la camioneta blindada.
Alexander conducía. Ciento ochenta kilómetros por hora. Sus manos apretaban el volante con fuerza bruta. Esquivaba el tráfico de la carretera principal con movimientos bruscos y precisos. No miraba por el retrovisor. Su atención estaba fija en la carretera.
Lidia iba sentada atrás. Presionaba la pierna derecha de Mariana con ambas manos. Sus dedos estaban manchados