Capítulo 46. Lazos de sangre y desprecio.
El silencio que siguió a las palabras de la mujer rubia fue absoluto. Denso. Venenoso.
El viento del patio exterior de la mansión sopló con fuerza, colándose por las aberturas de la estructura del polígono de tiro. El aire helado raspó la piel húmeda por el sudor de Mariana, pero nadie se movió. Nadie parpadeó.
Lidia Montenegro se quedó congelada en su sitio. Sus dedos, antes firmes, empezaron a temblar con violencia. Dejó caer los brazos a los costados de su cuerpo de forma flácida. Sus ojos o