Capítulo 32. Límites de control.
Alexander y Lidia bajaron en la zona donde supuestamente habían caído. La luz blanca de la linterna táctica barrió la maleza congelada.Nada. Solo troncos negros, ramas rotas y oscuridad absoluta.Lidia caminó rápido hacia el borde del camino de tierra. Sus tacones se hundieron en el barro helado. Resbaló.Alexander la atrapó por la cintura con un brazo fuerte antes de que cayera al suelo. Tiró de ella hacia atrás con violencia, alejándola del precipicio.—¡Suéltame! —gritó Lidia. Se revolvió contra su agarre. Golpeó el pecho del magnate con las dos manos.—¡Tengo que bajar! ¡Tengo que buscarla!—No hay un maldito rastro, Lidia. Frenaron aquí. El auto cayó por allá. Si bajamos a oscuras, nos matamos los dos.Alexander no la soltó. La apretó contra su cuerpo, bloqueando sus movimientos frenéticos.Lidia respiraba por la boca. El aire frío le quemaba los pulmones. Llevaban dos horas recorriendo los caminos aledaños a la carretera principal. Revisaron tres desvíos diferentes. Caminaron
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