ISABELLAMe quedé sentada en la orilla de la cama mirando la puerta. Damián me había mandado a mi cuarto como a una niña latosa para quedarse a solas con su amiguita, nuestra burbuja perfecta se había reventado de la peor forma.Escuché pasos en el pasillo, la voz de Vanessa sonó clarita, dándole órdenes a Matilde con un tonito tan prepotente que me hizo rechinar los dientes.—Quiero sábanas de seda, las de algodón me irritan la piel y dile al cocinero que ceno a las ocho en punto, nada de carbohidratos. Ah, y que mi agua esté al tiempo.Apreté los puños, esta era mi casa, bueno legalmente de Damián, pero yo era la señora aquí. No iba a dejar que Vanessa Stewart viniera a dar órdenes, a pisotear a Matilde y mucho menos a hacerme sentir como una intrusa, el papel de la esposa callada ya me tenía harta.Me levanté, me quité la bata y elegí un vestido color vino, pegado al cuerpo, elegante, pero sin verme exagerada. Me cepillé el pelo hasta que me quedó lacio y me pinté los labios de roj
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