DAMIÁNHabían pasado casi cuarenta y ocho horas.Dos malditos días en los que Isabella no había salido de la habitación, Matilde me reportaba cada pocas horas, con cara de genuina preocupación, que las charolas de comida regresaban intactas a la cocina. Yo dormía en el despacho, ahogándome en whisky esperando que ella cediera.Estábamos en el comedor, Vanessa tomaba su té con una sonrisa cínica que me revolvía el estómago.—Se hace la mártir, Damián —comentó Vanessa, dándole un sorbo a su taza con elegancia—. Quiere llamar tu atención, si le das alas y vas a rogarle, te va a tomar la medida, es un simple berrinche de niña chiquita, déjala que pase hambre, ya bajará cuando no aguante.La miré sintiendo un asco profundo, no solo por ella, sino por mí mismo por haberla dejado entrar a mi casa.Ignoré su veneno por completo, me levanté de la mesa tirando la servilleta de tela al plato, y la dejé con la palabra en la boca. Ya me valía madre si Isabella me gritaba, si me odiaba o si me tira
Leer más