El interior de la cabaña era un santuario a la obsesión más enfermiza. La luz de las linternas de Luna y Mateo reveló un panorama que les heló la sangre. Las paredes no estaban desnudas. Estaban empapeladas, literalmente, con fotografías. Docenas, quizás cientos. Algunas antiguas, en blanco y negro o sepia: Isabel, la madre de Luna, en diferentes etapas de su juventud, a veces sonriendo, a veces concentrada en su trabajo. Otras, más recientes, de Luna misma: saliendo de la panadería, en el jardín de los socios, incluso una tomada a distancia en el hospital tras su accidente.Pero no solo fotos. Había recortes de periódicos amarillentos: el anuncio de la boda de Carlos e Isabel, el obituario de Carlos, artículos sobre el «escándalo Valdez». Y junto a ellos, pegados con descuido, símbolos extraños dibujados con tinta roja: ojos, espirales, figuras que parecían sellos alquímicos. En una mesa baja en el centro de la habitación, un círculo había sido dibujado con sal o algún polvo blanco.
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