La cueva no era el búnker de hormigón. Era más antigua, más visceral. Un hueco en la roca negra de la isla, oculto tras una cortina de enredaderas y helechos que la lluvia azotaba sin piedad. Dentro, el aire era frío, quieto y olía a tierra húmeda y a algo metálico, a óxido. Javier la empujó hacia el interior antes de encender una lámpara de gas colgante, que lanzó una luz amarillenta y danzante sobre las paredes irregulares. No había muebles, solo algunos bidones de plástico, una manta sucia e