El interior de la cabaña era un santuario a la obsesión más enfermiza. La luz de las linternas de Luna y Mateo reveló un panorama que les heló la sangre. Las paredes no estaban desnudas. Estaban empapeladas, literalmente, con fotografías. Docenas, quizás cientos. Algunas antiguas, en blanco y negro o sepia: Isabel, la madre de Luna, en diferentes etapas de su juventud, a veces sonriendo, a veces concentrada en su trabajo. Otras, más recientes, de Luna misma: saliendo de la panadería, en el jard