La tormenta los alcanzó justo cuando el pesquero se detenía, balanceándose salvajemente a media milla de la isla. La lluvia era una cortina horizontal que azotaba la cubierta, fría como el acero. El viento aullaba, arrancando espuma blanca de las crestas de las olas que parecían montañas en movimiento. La Isla del Suspiro ya no era una silueta; era una mancha oscura y amenazadora que se tragaba la luz del día moribundo.
—¡No podemos acercarnos más con el barco! —gritó Tomás contra el viento, ag