El ambiente en la sala del tribunal se había transformado. La certeza aplastante de los primeros días de testimonios dio paso a una atmósfera densa, cargada de zozobra. El abogado defensor de Javier, el señor Uribe, un hombre de gestos pausados y voz meliflua que contrastaba con la energía del fiscal, se levantó para comenzar su contraataque. Su estrategia no era defender la inocencia de su cliente con hechos alternativos, sino minar, meticulosamente, cada pilar de la acusación.—Señoría, miembros del jurado —comenzó, caminando lentamente frente a ellos—, lo que han escuchado es una historia convincente, incluso conmovedora. Pero una historia, al fin y al cabo. Tejida con medias verdades, suposiciones y, sobre todo, con el poderoso motivo de la venganza y la codicia. Comenzaré por la más obvia.Se volvió hacia la galería, su mirada pasando por encima de Luna y Mateo.—Mateo Castellanos. Un joven que, tras una vida de comodidades, se encuentra con que su tío dirige la empresa familiar.
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