El grito de Luna se perdió en el rugido del viento, ahogado por el sonido de su mundo desmoronándose. Mateo yacía de costado en la arena mojada, una mano débilmente presionada contra el costado de donde manaba un rojo oscuro y alarmante. Su respiración era un jadeo entrecortado, sus ojos, llenos de dolor, buscaban los de ella.
—¡Mateo! —Luna se arrastró hacia él, ignorando el punzante fuego en su propio brazo y la amenaza que todavía se erguía sobre ellos.
Javier, respirando con dificultad pero