El alarido metálico de la reja al ser sacudida con fuerza retumbó en el interior de la cueva, un sonido brutal que hizo que Luna se pusiera en pie de un salto, el corazón golpeándole el pecho como un pájaro enjaulado. La tenue luz de la lámpara de gas, ahora apenas un hilo de fuego amarillo, tembló.
—¡Abra esta porquería, Castellanos! ¡Su tiempo se acabó! —rugió la voz de Tomás desde el otro lado, seguida de otro impacto seco contra los barrotes de hierro.
Desde las sombras más profundas, cerca