El vestíbulo de las oficinas de VerdeGlobal en la Ciudad de Oro era un templo de vidrio, acero y plantas vivas. Todo olía a nuevo, a dinero limpio y a café de comercio justo. Luna y Mateo, acompañados por Sofía, esperaban en sofás de diseño mientras un asistente les ofrecía agua con infusión de pepino. La tentación era palpable y seductora.—Recuerden —susurró Sofía, hojeando su carpeta—, sonrían, escuchen, no comprometan nada. Sólo estamos en fase de exploración.La reunión con el director regional, un hombre llamado Klaus Weber de voz suave y traje impecable, fue impecable. Las diapositivas mostraban campos prístinos, paneles solares brillando al sol, trabajadores sonrientes con certificados de bienestar.—En VerdeGlobal —explicó Weber, con un acento alemán leve—, no vemos proveedores. Vemos socios. Socios en una cadena de valor ética y transparente. Su historia de superación, su compromiso con la tierra… es inspirador. Queremos ayudarles a llevarlo al mundo. Una inversión inicial d
Leer más