El silbato estridente hizo que todos en la cabaña se estremecieran. El hombre encapuchado aprovechó el instante de distracción. Con un movimiento rápido, dejó caer el teléfono y alzó el arma que llevaba en la otra mano, una escopeta recortada, apuntando directamente al pecho de Tomás.
—¡Fuera el arma, policía de pacotilla! —rugió, su voz ahora llena de una confianza brutal—. ¡O te vuelo la cabeza!
Tomás, atrapado en la línea de fuego, dudó por una fracción de segundo. Desde la espesura, los rui