El bosque en las laderas más altas del Valle del Café era un mundo aparte. El aire era más frío, cargado con el olor a tierra húmeda, musgo y pino. No había senderos marcados; Luna guiaba a Mateo por instinto, siguiendo el recuerdo nebuloso de las palabras de su madre: "donde solo se escucha el viento y el canto de los pájaros del Valle". Después de horas de caminar entre la maleza, encontraron una pequeña meseta oculta. Y allí, medio devorada por la enredadera y el tiempo, estaba la cabaña.Era una construcción pequeña de troncos, con un techo de tejas musgosas y una ventana única cuyos vidrios estaban rotos. La puerta, desencajada, cedió con un gemido.Dentro, el tiempo se había detenido. Una mesa rústica, dos sillas. Un hogar de piedra frío. La luz del atardecer se filtraba por la ventana rota, iluminando el polvo que flotaba como oro en suspensión. Y sobre la mesa, protegidos por una lámina de plástico amarillento, había un tesoro de recuerdos.Luna se acercó con reverencia. Había
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