La comisaría central era un lugar de ruido controlado: teléfonos sonando, máquinas de escribir electrónicas, el murmullo bajo de los agentes y el olor a café rancio y ansiedad. Luna cruzó el umbral, sintiendo que las miradas de los hombres de Javier en la calle se clavaban en su espalda. Apretó la bolsa de lona contra su cuerpo y se dirigió al mostrador de recepción, donde un agente joven con cara de cansancio la atendió.
—Necesito ver al Capitán Ramírez —dijo, tratando de que su voz no temblar