El tiempo en la sala de interrogatorios se cristalizó en un instante eterno. Dos hombres, dos armas, y el silbido de la muerte en el aire. Mateo, en el umbral, herido y desequilibrado, tenía el ángulo en su contra. Javier, en el centro de la sala, tenía la ventaja y la maldad fría de quien no duda.
El disparo de Javier retumbó en el espacio reducido, un estruendo ensordecedor. Mateo se movió, no para esquivar, sino para lanzarse hacia un lado, hacia Luna. La bala lo rozó, desgarrándole la carne