La habitación del hospital era, por primera vez, un lugar de paz relativa. Mateo, con el brazo vendado y un punto más de sutura en su colección, estaba sentado en la cama, no postrado en ella. La palidez había dado paso a un color más saludable, y el dolor en sus ojos había sido reemplazado por una determinación serena. A su alrededor, no había silencio clínico, sino el murmullo de voces familiares.
Luna le pasaba un vaso de agua. Elena revisaba el vendaje con un ojo experto de quien ha cuidado