El ambiente en la sala del tribunal se había transformado. La certeza aplastante de los primeros días de testimonios dio paso a una atmósfera densa, cargada de zozobra. El abogado defensor de Javier, el señor Uribe, un hombre de gestos pausados y voz meliflua que contrastaba con la energía del fiscal, se levantó para comenzar su contraataque. Su estrategia no era defender la inocencia de su cliente con hechos alternativos, sino minar, meticulosamente, cada pilar de la acusación.
—Señoría, miemb