La mañana del último día se aferraba a la Ciudad de Oro con una tensión húmeda y pegajosa. Fuera del Tribunal Superior, la multitud se había duplicado, una masa humana inquieta que llenaba la plaza y las calles adyacentes. Las pancartas, más numerosas, se agitaban como hojas nerviosas: «JUSTICIA YA» se enfrentaba a unos pocos pero estridentes «¿INOCENTE HASTA QUE SE PRUEBE?». Un cordón de policías, más denso que nunca, mantenía una frágil línea entre las expectativas y el miedo. Dentro de la sa