La lluvia había limpiado el aire de la Ciudad de Oro, dejando un cielo de un azul despejado y brillante que parecía pintado para la ocasión. En el umbral de la casa de la Avenida de los Jardines, la misma que una vez había sido el centro de sus tramas y desvelos, Luna y Mateo se detuvieron. Ella llevaba el brazo en un cabestrillo limpio y blanco; él, más pálido y delgado, se apoyaba en un bastón, pero la postura rígida de dolor de semanas atrás había cedido a un cansancio más suave, de convalec