La última noche en los Alpes no fue de descanso. El aire en la cabaña de cristal ya no olía a romance, sino a ozono y a estrategia. Sobre la mesa de roble, donde días antes habíamos compartido una cena silenciosa, ahora se extendían planos de seguridad, organigramas corporativos y estados de cuenta encriptados.Dante me observaba desde la penumbra, con una copa de coñac olvidada en su mano. Yo no era la misma mujer que había llegado allí temblando de miedo. Llevaba puesto uno de sus jerséis de cachemira negra, que me quedaba grande, pero mis ojos tenían una fijeza que él reconoció de inmediato: la mirada de alguien que ya no tiene nada que perder porque lo ha entendido todo.—Iván es predecible en su ambición —dije, señalando el organigrama de la Torre Volkov—. Él no quiere destruirte, Dante. Quiere ser tú. Quiere tu silla, tu nombre y, sobre todo, quiere demostrar que puede poseer lo que tú posees.Dante dejó la copa y se acercó, rodeando la mesa hasta quedar detrás de mí. Sus manos,
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