El salón de convenciones del hotel Baur au Lac en Zúrich estaba blindado por la elegancia y el poder. El aroma a café de especialidad y bollería fina flotaba en el aire, pero para Dante, todo sabía a ceniza.Permaneció por varios segundos con la vista clavada en su plato, sin querer alzar la mirada.No era por vergüenza, él no conocía ese sentimiento; era porque sentía la presencia de Karl Hoffmann, el padre de Charlotte, justo a sus espaldas, como una sombra que lo acechaba.El silencio en la mesa de los banqueros era sepulcral, solo roto por el tintineo de la plata contra la porcelana.Karl, que estaba sentado a su derecha, rompió el hielo con una voz que cargaba un matiz de preocupación fingida.—¿Qué pasó, Dante? ¿No te gustó la comida? —preguntó Karl, observando el plato casi intacto del mayor de los Vontobel.Dante apretó los cubiertos con fuerza antes de responder. Sentía que cada par de ojos en esa mesa, incluyendo los de su tío Heinrich y los de su hermano Klaus, lo estaban a
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