Capítulo 44.
Cuando Elena abrió los ojos, la habitación todavía estaba sumergida en esa penumbra azulada de la madrugada. El silencio de las montañas suizas era absoluto, pero dentro de la cama el calor era sofocante.
No tardó ni un segundo en darse cuenta de que estaba atrapada: el cuerpo de Dante era como una jaula de músculos cálidos.
Sus brazos fuertes la rodeaban por la espalda, manteniéndola pegada a su pecho, y su enorme palma estaba posicionada con firmeza justo encima de su abdomen.
Dante dormía co