Capítulo 38.

En la penumbra de la habitación, los ojos oscuros de Dante recorrieron cada rincón del cuerpo de Elena con una intensidad que la hacía sentir desnuda mucho antes de que él le quitara la ropa.

El calor que irradiaba el cuerpo de él parecía envolverla de pies a cabeza, borrando por un momento el frío que se había instalado en su relación desde que llegaron a Suiza.

Dante estiró la mano y rozó con las yemas de sus dedos la curva de su pecho, con una mirada cargada de asombro.

—Tus senos ya parece
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