Capítulo 32.

Mientras en la montaña el aire quemaba de frío, en la mansión de los Hoffmann el ambiente era de pura celebración. La casa de los futuros suegros de Dante era un monumento a la opulencia.

Karl Hoffmann, un hombre que manejaba la banca europea con la misma frialdad que Heinrich Vontobel, observaba a su hija con orgullo.

—Papá, ya quiero que sea el día de mi compromiso con Dante —decía Charlotte, mirándose en un espejo de cuerpo entero mientras sostenía un vestido de alta costura contra su cuerpo
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