El martes por la mañana, la oficina ya no se sentía igual. La semana pasada habíamos dejado los primeros gestos sutiles, pero hoy algo había cambiado: él y yo estábamos más relajados, más seguros, y eso se reflejaba en cada movimiento, en cada mirada. Los compañeros empezaban a notar algo, aunque aún no podían ponerle nombre, y nosotros jugábamos con esa línea entre lo natural y lo evidente.Mientras caminaba hacia mi escritorio, él me tomó suavemente del brazo, no como antes, de manera sutil, sino con un toque que ya no podía parecer casual. Mi corazón se aceleró, pero también hubo una sensación cálida: estábamos juntos, y no necesitábamos ocultarlo tanto como antes.—Buenos días —dijo en voz baja, apoyando su mano sobre la mía antes de soltarme—. Preparada para otra jornada juntos.Asentí, sonriendo mientras nuestros dedos se rozaban un instante más de lo habitual. Era un gesto simple, pero suficiente para que nuestros compañeros notaran la cercanía: ya no había dudas sobre nuestra
Ler mais