Era martes, aunque en casa se sentía más como un sábado improvisado. La luz entraba tímida por la ventana del salón, reflejándose en los muebles que todavía olían a madera recién comprada. La barriga ya se notaba, y ella se movía con cuidado, sintiendo cada paso, cada giro, como si el mundo dentro de ella le marcara el ritmo.
El cachorro correteaba entre sus pies y los de él, como si la casa entera fuera su terreno de juego. Se lanzaba a atrapar la cuerda que él le lanzaba, resbalaba un poco y