Adrián no durmió nada esa noche. Cada minuto que pasaba era un recordatorio de su silencio, de su torpeza, de la grieta que había abierto con su indecisión. Se levantó antes del amanecer, recorrió el salón en círculos, con las manos sobre la cabeza, respirando hondo, intentando ordenar sus pensamientos. Frente a la puerta cerrada de ella, todavía podía sentir la intensidad de su mirada, la manera firme en que había dicho “No éramos nada”. Esa frase se le había quedado grabada en la piel. No era mentira, era la verdad de los tiempos que había jugado mal.Se sentó en el sofá y apoyó los codos en las rodillas, enterrando la cabeza entre las manos. “Esto no puede volver a pasar”, se dijo a sí mismo. “No puedo permitir que se sienta así. No otra vez. No con ella. No con nuestra hija”. La culpa lo apretaba como un puño invisible, un nudo que no aflojaba. Sabía que cualquier palabra de consuelo ahora era insuficiente. Debía actuar. Debía moverse, y debía hacerlo bien.Primero, necesitaba cer
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