La habitación de Eloísa tenía dos ventanas; una daba hacia el frente de la casa y la otra hacia el costado, con vista al patio. Esta contaba con un balcón amplio, donde, en sus mejores tiempos, se sentaba a tomar el té y a leer. Ahora, la mesa acumulaba polvo bajo el florero con flores marchitas. En su cama, ella también se marchitaba. Hasta que oyó un ruido en la ventana. Incorporada en la cama, vio emerger por sobre el balcón una figura oscura, encapuchada. Un ladrón. El primer grito de ayuda fue flojo; el miedo le apretó la garganta, no logró juntar aire suficiente, se oyó como un jadeo. El segundo fue parecido, pero de sorpresa. El ladrón tenía un antifaz blanco y caminó hasta la ventana, que estaba cerrada. «Eloísa», gesticuló. Ella estuvo segura porque leyó sus labios, esos que eran perfectos de un solo lado. Se quitó el oxígeno, bajó de la cama de un brinco y se precipitó para abrirle al intruso. —¡Dean! ¿Qué haces aquí? ¿Cómo subiste? —Si fuera Romeo, diría
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