En el pequeño consultorio del pueblo, la sala de espera era silenciosa, vacía, salvo por los Costa. Los tacones de Marianela enervaban a Valentino, cuyos pensamientos seguían enredados en el delantal, todavía en su bolsillo. —Quédate quieta, mujer, que con tu caminata no harás que los médicos salgan más pronto. Ya la están atendiendo y Alma dijo que sus heridas no eran de gravedad. Efectivamente, eran cortes superficiales. No era el cuerpo de Emma lo que tenía a Alma ensimismada, era su mente. —Debimos llevarla a la ciudad; aquí, con suerte, deben tener analgésicos. No soporto este olor tan deprimente a pobreza y llanto... Y sangre. Necesito salir un momento —dijo Marianela. Alma y Valentino se quedaron a solas mientras Marianela tomaba un respiro y, por supuesto, algo más. Él no pidió detalles de lo que Alma sabía, y siguió en un silencio sepulcral que coronaba su palidez. Los pasos del médico hicieron que ella se pusiera de pie. La siguió Valentino, que se presentó como e
Leer más