Eloísa subió a la balanza y abrió los ojos con sorpresa al ver los números en la pantalla. Por primera vez, desde que enfermó, esos números aumentaban. Probó de nuevo y sí, había subido poco más de un kilo. Sonrió, sintiéndose menos enferma, menos muerta, como si el camino sin retorno que había iniciado de pronto pudiera interrumpirse o transitarse en sentido contrario. Era una ilusión, pero ilusionada como estaba, fue a probarse la ropa nueva que se había comprado recientemente. En eso estaba cuando Alma llamó a la puerta. —Es hora de sus medicinas —le recordó. Casi al instante sonó su alarma. Eloísa, enfundada en un vestido ligero y holgado de aire primaveral, fue hasta su velador. En su palma depositó las píldoras, fingió que se las tomaba y regresó al vestidor, donde las metió en el bolsillo de un abrigo. Salió de allí con un sombrero de ala ancha que combinaba con el vestido. —Hoy quiero almorzar en la playa, hace mucho que no voy y se supone que, para todo el mundo, me la
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