XXVII Caliente

Alma todavía dormía cuando Amaro salió silenciosamente de la cama al ver en el receptor que Agustín se había despertado. En el pasillo que llevaba al salón, se encontró con Mónica. Se miraron, cada uno ocultando bajo una careta sus propios secretos.

—Es muy temprano para que estés levantado —inquirió ella, deslizando sus sospechas.

—¿Levantarme? Vengo recién llegando, igual que tú —escupió Amaro.

Él estaba evidentemente en pijama; ella usaba la misma ropa con la que la había visto en el hote
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