Como un martillazo en la cabeza, así recibió Amaro el anuncio de su secretaria. Era un hombre joven todavía; no debía amargarse más de la cuenta por mucho que todo el mundo se empeñara en fastidiarlo, incluida la niñera con su conciencia caprichosa y los empleados que tenían el desatino de morir en horario laboral.
Se masajeó el ceño con los dedos o se le quedaría arrugado para siempre, repasó sus sienes, inhaló profundamente y exhaló. Reclinado en su silla, se preparó para el espectáculo.
M