Amaro saboreó los labios de Alma en el templado ambiente del establo. En el beso que le dio se saciaba el ardor que llevaba varios días consumiéndolo, arrastrándolo lentamente a la locura.
Alma quiso frenarlo; temía que los descubrieran en medio de algo tan repugnante, pero la dureza del bulto que Amaro le restregaba en la entrepierna le cortaba el aliento.
Esta era su prueba y necesitaba pasarla para saber qué vendría a continuación, porque si todo acababa ahora, no habría valido sus quebrad