Sebastián no durmió.No porque el insomnio le fuera ajeno, sino porque esa noche el silencio no lo obedecía. Cada rincón del departamento parecía recordarle que algo había cambiado, que la presencia de Alejandra ya no estaba ahí como antes: disponible, constante, silenciosa.Ahora había distancia.Y no era física.Se levantó antes del amanecer y preparó café, más por rutina que por necesidad. Cuando Alejandra salió de su habitación, lo encontró de pie junto a la ventana, con la taza intacta entre las manos.—Buenos días —dijo ella.—Buenos días —respondió él, girándose—. ¿Dormiste bien?Alejandra dudó un segundo.—Lo suficiente.No era una mentira, pero tampoco era verdad.Sebastián asintió, como si entendiera que las respuestas simples ya no eran suficientes.—Hoy tengo una reunión importante —dijo—. En la noche… podríamos cenar juntos.Alejandra levantó la mirada, sorprendida por la propuesta.—¿Una cena… de trabajo? —preguntó.—No —respondió él—. Solo cenar.Ella sostuvo su mirada
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