Alejandra llegó al restaurante diez minutos antes de la hora acordada.
No era ansiedad.
Era costumbre.
Eligió una mesa cerca de la ventana y dejó el bolso sobre la silla contigua. El lugar era tranquilo, con música suave y una iluminación cálida que hacía sentir todo menos presión. Justo lo contrario a lo que había vivido en los últimos meses.
Miró el teléfono por inercia.
Ningún mensaje de Sebastián.
Ni uno.
No le sorprendió… pero dolió igual.
Cuando Iván apareció, lo hizo con la misma natural