Sebastián no tocó su puerta esa noche.
Y eso fue peor.
Alejandra se quedó sentada en el borde de la cama, mirando la pared, esperando tal vez escuchar sus pasos, su forma tan característica de caminar cuando estaba nervioso — firme, pero no del todo.
Nada.
Silencio.
Y ese silencio, por primera vez, no le dolió como abandono.
Le dolió como confirmación.
Se levantó, se quitó los aretes y los dejó sobre la mesa. Pensó en Iván. Pensó en la forma en que había dormido sin sentir que debía algo. Pensó