Sebastián no durmió.
No porque el insomnio le fuera ajeno, sino porque esa noche el silencio no lo obedecía. Cada rincón del departamento parecía recordarle que algo había cambiado, que la presencia de Alejandra ya no estaba ahí como antes: disponible, constante, silenciosa.
Ahora había distancia.
Y no era física.
Se levantó antes del amanecer y preparó café, más por rutina que por necesidad. Cuando Alejandra salió de su habitación, lo encontró de pie junto a la ventana, con la taza intacta ent