El galpón olía a óxido, moho y desesperación. Las paredes descascaradas absorbían el silencio como esponjas envejecidas. Nada allí vibraba con vida, excepto ella.Miranda.Sentada frente a una mesa metálica, iluminada apenas por la luz fría de una lámpara colgando de cables torcidos, cortaba una prenda de bebé blanca con una pequeña y afilada cuchilla. Sus manos se movían con precisión quirúrgica. La respiración era calma, casi serena. Sobre la mesa había una nueva ropita de bebé, doblada con meticulosa perfección. A su lado, frascos de vidrio con líquidos translúcidos. Etiquetas escritas a mano con códigos enigmáticos. Una jeringa.Y un plan.—Nada va a detenerme —murmuró, como si repitiera un mantra.En la pared, pegadas con cinta adhesiva, había fotos. Muchas fotos. Ethan, Helen, Zoe, Liam… James. Algunas estaban marcadas con tinta roja. Círculos. Anotaciones. Trazos que cruzaban ojos, bocas, gargantas. Miranda se levantó y caminó hasta el panel. Tocó la imagen de Helen con la punt
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