El reloj en la mesita de noche marcaba las 21:47 cuando Helen salió del baño, vestida apenas con un camisón de seda claro que se deslizaba por su piel como una caricia tibia. El cabello aún húmedo caía suelto sobre sus hombros y sus pies descalzos apenas hacían ruido sobre la alfombra espesa del dormitorio. Ethan estaba recostado contra el cabecero de la cama, con una camiseta gris ajustada y pantalones de algodón, con la mirada fija en ella desde el instante en que apareció en la puerta.
—¿Vas