El silencio de la mañana era acogedor, como si todo el apartamento hubiera decidido protegerla por unas horas más. Las cortinas dejaban entrar suaves franjas de luz dorada que atravesaban el aire como los brazos de un sol cuidadoso. El aroma del té recién hecho llenaba el ambiente de calma, como si dijera: estás a salvo, por ahora. Helen despertó despacio. El peso en el pecho seguía allí, como un animal dormido que podía despertar en cualquier momento. Sus pestañas temblaron antes de abrir los