La segunda amenaza había dejado marcas. No solo en los protocolos de seguridad ni en las estrategias de protección que Ethan, Liam y James organizaban día tras día, sino en las entrelíneas de la rutina, en los silencios prolongados, en las miradas más atentas, en los abrazos que duraban un poco más de lo habitual.
Era de noche cuando Ethan regresó a casa. La ciudad latía allá afuera, indiferente a lo que crecía dentro de él: un nudo entre la furia y el miedo, entre la urgencia de actuar y la de